K

 


Hoy me desperté, y después de muchas vacilaciones sin dirección hacia un algo que me diera un poco calma, o una tranquilidad sin desespero o cansancio. No sentí nada. Enumero esa nada como un algo, a fin de poder encapsular, el rumbo de los posibles de mi tragedia. Ni sueño, ni ganas, ni rabia, ni desespero, ni motivación, ni ánimos. Solo el ruido del despertador, de esa alarma infinita que se replica en las palpitaciones de mi sien, y luego el cuerpo moviéndose solo, como si supiera qué hacer sin mí, como si no me necesitara en absoluto, como abandonado, dejado, recién nacido, sin un nombre o un apellido. Me levanté. Me vestí. Me serví el mismo café, amargo, como si estuviera repitiendo el ciclo inconsciente de lo que soy.

No sé por qué lo hago. Supongo que es lo que se espera, ¿no? Que uno esté ahí. A tiempo. Vestido. Listo. Fingiendo sonreír solo para aparentar estar bien, o eso es lo que los demás suponen cuando preguntan el, ¿Cómo estás? Y que la respuesta tan obvia siempre vaya hacia la misma dirección, hacia el mismo sitio, hacia la misma gente. Salí a la calle y todo era igual, jodidamente igual. Acostumbrado a las caras sin expresión, sin ideas, sin imaginativos o calificativos de gracia. Los semáforos. Las conversaciones sobre la familia, la trivialidad de la existencia a las seis de la mañana.

A nadie le importa si estás bien, mientras llegues. A nadie le interesa si tuviste un día de mierda, mientras cumplas. Mientras llegues a la meta, mientras pases el día, mientras finjas estar bien, a nadie le importas porque a ti tampoco nadie te importa. Es un pacto sagrado del abandono y de la desgracia, ese de cumplir con la promesa del eterno silencio hasta que dices adiós, y fingiendo andar hacia un rumbo, te haces el interesante mientras sonríes sin mostrar los dientes. No me pasa nada grave. Total, es un día más en esta vaga ciudad de acostumbrados a la imprudencia. Pero No. No estoy triste, ni feliz, ni en crisis. Simplemente… ya no estoy. Algo en mí se dilató con todo esto, como creo que a todos les pasó lo mismo, y nadie lo notó. Ni yo.

Sigo funcionando, como una máquina vieja que aún prende, porque mis pies cansados deciden seguir adelante, dar pasos automáticos sin cuestionar si piso las líneas de la acera o si el pavimento está fragmentado. Pero ya no siento que soy yo el que camina. No me reconozco en mi voz. No me creo cuando digo: “todo bien”. No me hago muchas ilusiones con quien detrás de mí me señala, me juzga, se burla, se ríe. Total, somos espejos diáfanos de la soledad. Somos reflejos de soledades y de rumbos sin fijar, de sueños sin cumplir, y de esperanzas echadas al olvido.

Y eso es lo peor. No hay una razón. No hay un evento. No hay algo que nos despierte de este cansancio acelerado, que nos hace correr para llegar a tiempo, sin saber que el tiempo es lo que hace mucho dejó de importar. Solo la vaga impresión de la puntualidad. Solo el peso invisible de los días que se repiten. Total, todos son felices cuando ven reflejados el martirio en una compensación monetaria, o cuando sus celulares vibran con la notificación de un depósito que se desvanece en la continuidad de lo ingenuo, de lo infundado, de lo dado por otro hacia otros, es decir, hacia ese otro que somos “nosotros” o que creo, según pienso, somos “nosotros”, esa falsa y vaga identidad

Me miro al espejo y no hay monstruo que me asuste, solo alguien que se olvidó de sí mismo. Alguien que hace fila, que espera el bus, que responde correos, que agradece sin sentir. Que vive sin estar. Que es, sin ser.

No sé cuándo pasó porque me acoplé al engranaje, caí solo, no grité, no me asusté, ni siquiera pudiera precisar cuándo el horro me quitó las ganas de soñar, de ir como un iluso a la esperanza, a la ilusión, a la mentira infantil, al grito desolado, al silencio sin precisión. Solo sé que pasó, y aquí estoy, yendo sin ir, hacia una dirección que va sin indicarme los pasos, sin comprometerme a nada, solo a la larga noche que me espera, y que no sabrá que sigo aquí, en una oscura habitación. Sin que nadie lo note, sobre una fría cama sin tablas. Sin saber si quiero que lo noten, porque no me importa, porque ya no me interesa, dejé de ser hace mucho tiempo, y este ciclo terminará algún día, cuando enterrado, no haya quien me llore, o quien extrañe mi distinta forma de ser, porque eso es lo que somos, porque eso es lo que hemos sido destinados a ser.

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